Escribimos para
no morir en el
silecio del
absurdo.

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Sabores, colores, sonidos y tactos
— un nuevo comienzo—

Desde muy peque he tenido sensaciones de agobio, particularmente cuando aprendí a leer, mi mamá me decía que era el exceso de televisión (canales públicos colombianos en los y0s), eso solo me anestesiaba, me distraía; el agobio venía de leer libros de la biblioteca de la casa de la abuela, de cuestionar al mundo siendo un niño intentando entender lo que leía y no entender por qué el mundo se veía tan distinto, tan incoherente.

Luego, de los adultocentristas y edadistas solo recibí invalidaciones constantes, eso agobiaba más, y me empecé a sentir presionado para dejar de sentir y a veces incluso de pensar, busqué refugiarme en la “anestesia”. Con el tiempo, aprendí distintas maneras en las que los humanos nos anestesiamos y empecé a recurrir a ellas para ignorar el agobio, particularmente cuando estoy en modo productivo o “funcional”, como lo queramos llamar; para un neurodivergente con hiper e hiposensibilidades es algo que siempre ha estado desde que tengo memoria, ese agobio que desborda o que no se entiende, esa incomodidad de sentir que no pertenezco a esos mundos presentes en esta realidad observable.

Pasaron más años y me convertí en un adulto más, cumpliendo con lo que los demás esperaron de mí, anestesiado como ellos y sin cuestionar, solo obedeciendo porque siempre se ha hecho así, porque es como debe ser; ahora lo que me agobia es ver a los más jóvenes resignados y adaptados casi que por defecto a esa anestesia, no los noto inconformes, sino acostumbrados a ella.

A veces pienso que solo producimos para sobrevivir y no para abrir caminos para los demás, para quienes vienen, en mi caso, produzco para resistir a un mundo, donde la esperanza está cada vez menos en disputa y se torna como utopía, donde la fe se vuelca o reduce a un recurso para adaptarse al mercado.

A veces me aíslo porque cuando salgo solo percibo ansiedad y anestesia colectiva, este es mi agobio, casi el mismo que cuando tenía cinco; ver que todo es un producto y que esto nos está llevando a empujar y sumir a cada nueva generación a la desidia, a la soledad, al vacío; pues aunque existe la soledad constructiva, la soledad a la que nos empuja el ritmo actual es devastadora, no es la soledad del artista, ni del filósofo, es la soledad del individuo en un mundo regido por quienes no sueñan con la magia, cuyas reglas son la línea base para mantenernos sumisos y dóciles, y que solo buscan sacar el mayor provecho de cada uno. “No quiero convertirme en eso”, decía a los catorce: no quiero ser un esclavo más, un producto más, un servidor de esta maquinaria. Aún me pregunto si es inevitable, si la estructura misma del mundo lo requiere para seguir funcionando; si es así, entonces no hay mucho que pensar y solo me debo resignar.

Siento culpa ahora en la “adultez”, pues cada vez veo más jóvenes en esta soledad extrema, ya no solo es la ansiedad colectiva que sentía en mi época de estudiante de universidad pública, donde con los amix pensábamos en cómo conseguir dinero para ayudar a nuestras familias; no, ya no es igual, ahora mi preocupación es mayor, proporcional a lo que he leído, a lo que he vivido, siento una desesperanza colectiva gigantesca, una ausencia desoladora de sueños y pasiones.

Ya no me puedo, ni quiero imaginar una vida sin soñar, sin apasionarme por las cosas que antes me apasionaban; siento que cada vez menos personas comparten esta idea, nos hemos resignado a vivir una vida de apariencias, una vida de sumisión al entorno en el que vivo, en el que vivimos. Ya no sé si ese pensamiento ha sido sembrado y en los más jóvenes ha germinado esta desidia, que es como una arena movediza, el desespero hace que te absorba más rápido: es como ahogarse pero sin el agua, es un vacío que te succiona el alma, te vacía por dentro y te deja como una mala broma en donde recibes una caja de regalo cuando no habías recibido nunca nada y te la entregan vacía; también puede ser solo una perspectiva triste, y la caja vacía era el recipiente para llenarlo de buenos momentos, de alegrías y de lindos recuerdos, pero en la soledad no hay quien te lo recuerde cuando ya estás sumido.

Ya no sé si esta sensación de identificar esta desidia en los otros es solo un pensamiento que ha sido sembrado, alimentado, instalado e inyectado en nuestra mente, envenenándonos en pequeñas dosis; no sé si les jóvenes han desarrollado esta desidia extrema por no lanzarse a nuevos caminos porque el exceso de pantallas nos ha empujado a un brain rot colectivo —esa pudrición del pensamiento que deja la sobreexposición a contenido vacío y dopaminérgico—, o quizá porque ese contenido que consumen no les da herramientas para soñar, no los inspira sino que les refuerza el miedo a abrirnos caminos, a nadar contra la corriente, a intentar despertar nuevas pasiones.

Desearía encontrar la manera de despertar sus pasiones, de darles la fuerza para que se sientan imparables como me sentía cuando no estaba anestesiado, antes de ser domesticado por el mundo corporativo; más que herramientas me gustaría compartirles parte de la chispa para encender su propio combustible, para que no tengan que bajar la cabeza solo por ser muy jóvenes, para que se sientan hijes del sol de nuevo, para que ardamos hasta que se nos agote nuestro tiempo, para que cuando llegue el día podamos sonreír porque ardimos con toda nuestra fuerza, que las cenizas sean el sustrato de quienes apenas están empezando a arder, evitar convertirnos en una roca congelada y que si somos rocas al menos podamos encontrar la manera de ser nuestros propios escultores, intentando plasmar nuestra propia alma allí.

En este plano dividido y radicalizado, me incomoda constantemente el preguntarme cómo radicalizarnos sin perder la capacidad de comunidad, sin convertirnos en eso que tanto criticamos y que nos incomoda, nos abruma, nos duele.

(Escribo para huirle a la desesperanza)

A veces veo lejos, cada vez más lejos, el intentar alcanzar un corazón colectivo, no sé si es porque siento que el tiempo se acaba… pero la desidia permanece, regresa sin ser invitada, aunque se supone que soy de un neurotipo inatento y de mala memoria, hay sensaciones que jamás se olvidan, esa sensación sigue plasmada ahí, en mí y en muchos de ustedes, está tatuada, nos acompaña como quizá la primera anestesia, un acto reflejo natural para ignorar la tristeza que a veces es inevitable no sentir.

Y ante el esfuerzo multimillonario de ciertas industrias para seguir sembrando división y miedo para que seamos más manipulables, me niego a ceder y a abandonar la idea de un mundo sin esperanza, de sentir en la gente un corazón colectivo. ¿Cómo abrazar nuestra existencia y la de los demás seres vivos? Quizá ese corazón ya está ahí desde el inicio de los tiempos, esperando a volver a ser observado, notado, sentido, escuchado; pero esta saturación del hiperproductivismo afecta la sensibilidad y, por ende, nuestra capacidad de sensar la observabilidad del mundo.

Esa sensación constante de agotamiento nos nubla o desvía de este panorama, de desplazarnos a una visión esperanzadora, observarnos con autocompasión y observar a otres seres vivos con compasión, un panorama donde la vida sea el regalo y el milagro más invaluables y no solo un producto o un simple voto en disputa, o fuerza laboral a la que se le explota la plusvalía; cada ciclo donde se rifan quién será el hostdel circo para rendirle pleitesía al poder de turno siento que nos aleja más de eso.

No sé si alguna vez se ha votado por líderes que lo hayan sido genuinamente, o si siempre ha sido una falsa ilusión, un falso sueño: ¿votamos por un humano o por un títere?, ¿por quién estará al mando de vigilar que se siga extrayendo el mayor valor de cada humano? Lo que siento es que no solo se extrae el valor sino también nuestras pasiones y sueños; el mercado es el mercado dicen algunos, pero si los dados no te ayudaron al inicio del Monopolyy no tienes la fortuna de estar en una familia o entorno que te enseñe las reglas del juego, es decir, si tus condiciones iniciales han sido las peores, tendrás que esforzarte más solo para mantenerte en el tablero, hasta que eres expulsado por completo o eliges retirarte para siempre.

Salir, viajar a otras ciudades de Colombia, a otros países latinoamericanos, y detectar el mismo patrón: no ver humanos en política sino íncubos y súcubos del poder, criaturas que parasitan el deseo colectivo para convertirlo en instrumento de dominación, expertos en mantener anestesiados a quienes sueñan con un mesías que los saque de ese estado de desesperanza. Y lo peor es que esa percepción no tiene por qué ser cierta; quizá es que soy un pesimista, o solo un cínico que ha visto mucho odio y división. A veces me pregunto si me rindo y me convierto en un aspirante a íncubo, en un influencer-títere cuyo discurso inconsciente solo causa abrumación: bombardear de frases desconectadas, una oda a la ignorancia, abrumar hasta anestesiar por saturación, sin argumentos, sin debate, solo ruido, repitiendo la propaganda de la deshumanización y atentando contra cualquier posibilidad de soñar de nuevo.

Todo esto me quita constantemente el sueño, además de la culpa de haber cedido, de haberme forzado a vivir anestesiado, a mirar hacia otro lado, a huir del sentir, de observar el dolor y abrazarlo. Y aunque a medida que escribo, vuelvo a sentir, hay vectores instalados por el algoritmo que me recuerdan que para poder sostener a mi familia debo aguantar: no es fácil ser el neurodivergente “más funcional” y explotable de la familia.

A veces mi interior solo quiere explotar, pues de allí viene mi esperanza; si lo que observo quiere mantenerme anestesiado y forzarme a una ilusión de calma, tendrá que verme explotar, pues solo necesito un par de chispas para no ceder, mi anhelo por construirnos como una mejor sociedad, por ser arquitectos y escultores de nuestra propia existencia, de una vida llena de ilusión, de sueños e imaginación; que, a pesar de nuestros errores, de nuestros fracasos, esta vida nos ha permitido sentir, ver, oler, tocar, oír, saborear el mundo de maneras únicas; y aunque nos sintamos agotados, debemos seguir queriendo vivir. Si no quieren que sintamos, entonces no quieren que vivamos, y eso es intolerable, es una olla a presión; si quieren que nos controlemos, que no reaccionemos, que seamos máquinas que solo corren instrucciones, ejecutan tareas, entes autocontrolados porque “lo único que podemos controlar es nuestro interior y a nosotros mismos”…

(Elestoicismoesparalosprivilegiadosenposicionesdepoder,alosdemássolonosquedaelcinismo)

Quieren que ignoremos las emociones, las pasiones, que no exploremos cómo nos conectamos a este mundo observable; nos quieren con miedo, que no actuemos con libertad sino siguiendo la receta porque así siempre se ha hecho.

Escribo para volver a sentir, para volver a reaccionar, para volver a vivir, para sentir… Para quienes quieren que no vivamos, que no actuemos, que no sintamos… les respondo con mi combustible, pues si no reaccionamos, si no vivimos, entonces ya nos han matado, nos han convertido en nada, nos han vuelto invisibles; y no les complaceré su narcisismo instalado y explotado, sus ansias de ocultar el corazón colectivo. Ellos, que a veces somos nosotros, con sus ideas de reducir nuestra vida política y ética a bandos, se olvidan que el debate es entre el egoísmo y la generosidad, la explotación y el amor, el miedo y la libertad: esa es mi izquierda versus derecha, no el circo (congreso) de hoy.

Títeres parchudos que buscan el árbol que más sombra les da, y cuando ya han firmado el contrato, manipulan a alguien para que lo tale, y mientras ellos hacen muebles con sus medios y le pagan una miseria al leñador y le dicen que se conforme con que le dieron la oportunidad de aprender a trabajar, y que el pago son las ampollas y el sudor, las nuevas generaciones se siguen sumiendo en la desesperanza.

Mientras siga viendo a diario a la niñez trabajando en las calles, en un bus, en un subte, en un tren, con sus lágrimas luego de un grito de un adulto intentando acabar con esa llama que apenas nace, quien lo hace desde su sumisión ante la desesperanza y que se desahoga como sus padres lo hacían con elles, reproduciendo la explotación como camino de supervivencia, y convencido de que así es como se hace porque así siempre se ha hecho; avalado por el marketing y el washing, que te venden odio vestido de amor, desidia vestida de esperanza, ignorancia vestida de sabiduría… ahogando las nuevas semillas, evitando que puedan enraizarse, vegetar y florecer, retardando el proceso, instrumentalizando artículos de neurociencia para explicar que ahora estamos madurando más lento por culpa del progresismo y la izquierda… disfrazando el caos de orden.

No puedo saber qué futuro nos espera; lo que sí puedo es intentar ayudar a otros a que germinen en un entorno menos hostil, para aquellos que aún pueden ser flor, árbol, planta, fruto, incluso ser micelio, darle la vuelta a haber crecido

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